domingo, 18 de noviembre de 2012

La Parábola del hombre asaltado

Seguramente has leído alguna que otra parábola en la Biblia, las más conocidas están en los evangelios. Por ejemplo: la de la oveja perdida, la del hijo pródigo, la del sembrador, entre otras. A mí me gusta mucho la parábola del hombre asaltado. ¿La has leído? Si eres de los que acostumbras a leer tu Biblia probablemente te extrañes al no recordarla tan fácilmente, pero ya te vendrá a la mente. Esta se encuentra en el evangelio de Lucas (10:30-37). Estoy segura que muchos la han leído o al menos escuchado sobre ella, solo que, con otro nombre: La parábola del buen samaritano. Oh! claro, es esa misma. Hay algo interesante que sucede con ciertos relatos bíblicos (este es uno de ellos), generalmente se les da un título y nos llegamos a identificar tanto con ese encabezado que solemos pasar por alto los diferentes detalles del relato que traen consigo mensajes tan significativos.


Siendo que el título aplicado a esta parábola es la del buen samaritano, nuestro primer pensamiento se dirige a este generoso hombre que estuvo dispuesto a ayudar sin reservas a un desconocido. Su obra de caridad resalta al tomar en cuenta que personas consideradas "muy religiosas" habían notado la misma necesidad y no estuvieron dispuestas a ayudar. Al leer los versículos donde Lucas registra este relato, encontramos varios personajes: un hombre viajero, unos ladrones, un sacerdote, un levita, un samaritano, un mesonero. ¡Por lo que puedes ver hay más de una persona involucrada! Podemos aprender algo de cada una.

No sé si a ti te gusta más ser el samaritano, o el mesonero, eso es algo muy digno. Sin embargo, estoy segura que en algún momento de tu vida hemos sido el hombre asaltado, talvez lo seamos en este momento. En el camino de la vida todos somos caminantes, llevamos nuestros sueños, metas, proyectos, deseos. Pero el ladrón está ahí, asechando sigilosamente nuestro andar para dar su golpe en el momento justo. Jesús lo anunció: "El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir..." (Juan 10:10)  Aquel pobre hombre fue atacado, despojado, herido, abandonado cuando ya faltaba muy poco para que muriese.  Para ser honesta, creo que en nuestro mundo somos más los asaltados que los samaritanos. ¿Has recibido acaso el ataque de Satanás, el ladrón?  Su objetivo no es solo despojarte de cosas materiales, él se se lleva todo. Nos roba, la alegría, la paz, el amor, la seguridad. Despoja los hogares, hiere a los hijos, golpea nuestro cuerpo y nuestra salud y finalmente nos abandona a la desesperanza. ¿Te has llegado a sentir así, casi muerto justo a la orilla del camino que con tanta ilusión habías planeado cruzar?

Talvez esta parte no es la más triste.  Nada da más ilusión a una persona que agoniza sola, que ver a otra acercarse. Oh! cómo revive la esperanza. Entonces con la última fuerza hacemos nuestro pedido de auxilio, a veces solo logramos emitir un doloroso y casi inaudible quejido.  Entonces es cuando recibimos un nuevo golpe, casi mortal, el de la indiferencia.  Mayor aun el dolor pues viene de quienes más creíamos nos podrían ayudar.  A este punto, nada mejor que morir para no mas sufrir.  ¡Alto! Es cierto, el ladrón hizo su trabajo, y nadie te socorrió, pero, para dicha de nosotros, casi moribundos por tantas heridas, el buen samaritano, Cristo Jesús, siempre está ahí.  En el momento más crítico, Él llega, te ve y siente misericordia. Se te acerca, venda y suaviza tus heridas, te carga, te lleva al mesón, te cuida, y provee sus bendiciones para que tengas sanidad y recuperación completa. ¡Aleluya!

Por eso me encanta pensar en esta parábola, como la parábola del hombre asaltado.  Porque si he sido atacada por Satanás, el ladrón de la vida, mi Cristo, mi buen samaritano, rescata del hoyo mi vida y me da nuevas esperanzas. Lo mismo puede hacer por ti, no importa las dolorosas circunstancias que estés afrontando, tirado al lado del camino casi sin aliento para seguir viviendo, no te rindas, quiero decirte que ahí mismo, solo un poquito después de haber visto pasar de lejos a otros que nada te ofrecieron, el buen samaritano llega. Jesús se acerca. Jesús te ve. Jesús te levanta y te dice: Si el ladrón vino, para hurtarte, matarte y destruirte, no temas, "...Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia."

A este punto siento el ardiente deseo de darle otro nombre a la parábola. Ya no más la parábola del hombre asaltado, sino la párábola del hombre rescatado.  Así me siento y espero que tú también.