"Y respondiendo el Rey les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a UNO de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis." Mateo 25:40
Un tema que es ampliamente tratado en libros, revistas, artículos, y otros, es el de la motivación personal. La abundante literatura motivacional de nuestra época enseña a soñar y lograr en grande. Conceptos como "Tú Puedes", "Desarrolla todo el potencial que hay en ti", "Nada es imposible", "Tu lugar está arriba", y otros más, permean páginas y páginas de material dedicado al tema de alcanzar el éxito en lo que te propongas. No es mi intención hacer una crítica al tema o a sus exponentes, sin embargo, y de una manera muy personal, tengo mis propias reservas con todo este tipo de filosofía que circula por ahí. Si no tenemos la perspectiva correcta podríamos desviarnos fácilmente en busca de una utopía o hasta de una tontería. Por eso tengo parámetros muy específicos sobre qué leer o qué no referente a este tema. Pero bien, independientemente de mis recelos, estoy consciente que casi a todos - digo casi para no generalizar y dar la opción a alguna remota persona que nunca lo ha imaginado - se nos ha pasado por la mente vivir, como dicen por ahí, nuestros cinco minutos de gloria; cantar en un estadio abarrotado, publicar un libro que se convirtió en best-seller, o alcanzar una posición destacada en tu país o en tu organización.
Servidores
La Palabra de Dios dice que los cristianos somos servidores. No importa en qué área del ministerio lo uses, cantando, predicando, cocinando, enseñando, decorando u hospedando, siempre estás sirviendo. ¿Cuál es el peligro? Que desarrollemos ese sentimiento de "soñando en grande" y ahora limitemos nuestro servicio solo a las ocasiones en que podríamos salir bien reconocidas. Tal vez estemos actuando inconscientemente, pero nuestra mente puede confundirse con eso que suena como: "espera tu gran oportunidad para dar mejor servicio". ¡Peligro! Si cantas, puedes sentir que no es necesario animar un pequeño culto y esperar el momento cuando tenemos más asistencia. Si te gusta compartir las enseñanzas de la Biblia, prefieres hacerlo ante un grupo hermoso de interesados que tomar tiempo talvez con un niño que visita solo la iglesia. No quiero sonar crítica, solamente llevarles a reflexionar sobre algo que sucede a veces en nosotros de manera muy sutil, y puede convertirse en un tremendo obstáculo para disfrutar realmente del gozo resultante de servir a Dios.
Jesús sirvió a uno
Jesús es nuestro mayor ejemplo. A pesar que las multitudes lo seguían, y que siempre que quisiera podía tener un vasto auditorio a su disposición, siempre tuvo tiempo y ocasión para ministrar en el silencio y en el anonimato. Algunas de los más sublimes mensajes fueron para un público de una sola persona. ¿Recuerdas Juan 3:16, donde en un solo texto puedes comprender el plan de salvación para tu vida? Pues bien estas palabras se le dirigieron única y exclusivamente a ese hombre que buscó a Jesús de noche. A Nicodemo.
El mejor servicio que podemos dar, probablemente será a una persona en particular, ayudaremos a uno, llamaremos a uno, tocaremos a uno y bendeciremos a uno. Cuando estamos dispuestos a esto, Dios hace maravillas en tu vida y en la de aquellos con quienes entras en contacto. Una maravillosa experiencia confirmó esta verdad en mi vida, trayendo a la vez una mayor perspectiva al servicio que ahora puedo dar a Dios y a su pueblo.
Compartiendo con uno
Estaba recién llegada al nuevo lugar de trabajo de mi esposo. A los pocos días se realizó una reunión ministerial donde fui invitada. Se me dio una amable bienvenida y, mi benévola anfitriona, dio a conocer al grupo que yo era la esposa del nuevo departamental, por lo que estaba segura que yo era muy buena para dar seminarios, predicaciones, etc. (¿Imaginan eso verdad?, si el esposo predica, la esposa también, si el esposo es bueno en esto otro la esposa también, ¿porqué pensarán así?). Terminada la reunión, y ante semejante propaganda, no faltó una que otra que me pidiera llegar por su iglesia y dirigir una reunión cuando me fuese posible, lo cual me puso muy nerviosa. Una de ellas fue más enfática, me dijo que para la siguiente semana tendría una "hermosa" reunión del Ministerio de la Mujer, que en su iglesia este era un ministerio muy activo y que necesitaba que yo fuese y les diese la meditación principal para ese día. Algunas que escucharon afirmaron que ahí las reuniones eran buenísimas y que la iglesia siempre se llenaba de mujeres. Bueno, la expectativa era grande y yo por supuesto, más nerviosa aún. Dudé un poco antes de aceptar, pero la insistencia fue mayor. Finalmente acordamos encontrarnos en la iglesia en cuestión el siguiente jueves.
Pensando en el tipo de audiencia que tendría me preparé con mucho esmero. El día llegó y yo partí puntualmente a la cita. La primera cosa desconcertante que noté al llegar es que la iglesia estaba cerrada y todas sus luces apagadas. Esperé en el automóvil unos minutos. Ya estaba pensando que me había equivocado, ya sea de hora o de lugar, cuando vi llegar otro vehículo y a la esposa del pastor que me había invitado, bajar de él, junto a otra hermana. Rápidamente empezaron a abrir la iglesia y a encender las luces. La iglesia era muy grande. Me invitaron a pasar y ellas se dedicaron a poner algunas cosas en orden.
Me preocupó que casi era hora de iniciar y prácticamente éramos solo nosotras tres. Luego llegó la hermana Directora del Ministerio de la Mujer. Cuando llegaron dos hermanas más, la esposa del pastor dijo que íbamos a empezar. Yo estaba algo confundida porque no era "exactamente" lo que me habían planteado. Sin embargo, no hice ninguna pregunta ni comentario. En mi corazón me preguntaba si iba a presentar el tema o no, o qué sería lo mejor hacer. Después de unos cantos entraron otras personas. En total estábamos siete personas, incluidas la esposa del pastor, la directora del Ministerio de la Mujer y yo. Oré mucho y le pedí a Dios sabiduría sobre lo que debía hacer o decir. Finalmente decidí que siempre iba a dar el tema preparado pero de manera más personal, como una conversación con las personas ahí presentes. El tema se dio. Bien, pensé, ya terminé, fue difícil pero ya ha pasado. Una de las hermanas se paró a dirigir el último canto. En ese momento una de las asistentes, de las que habían entrado de último, pidió la palabra. Su testimonio me dejó sin palabras y con un gran sentido de agradecimiento a Dios por haberme usado. Ella había sido miembro de la iglesia y por diversas circunstancias se había alejado. Había estado viviendo circunstancias tan difíciles que estaba llegando a la conclusión que no valía la pena vivir. Ese día salió sin rumbo, mejor dicho, quería salir de su casa para no regresar. Sus pasos la llevaron por la calle de la iglesia y entró por impulso. Ahora, dijo, siento que he nacido de nuevo. Acá mismo hago mi pacto de volver a Dios y a su iglesia. Yo no tenía palabras. Realmente no sé qué pasó ese día, nunca pregunté. No sé si siempre llegaban pocas o hubo algo especial. Lo que sí tengo seguridad es que Dios preparó ese momento y ese mensaje especial para una sola persona. Yo llegué pensando en una congregación, casi me desvío al ver solo a unas pocas hermanas, pero gracias doy a Dios que me guió, y ahí una persona pudo ser bendecida.
Recuerdan este hermoso canto: "Nunca esperes el momento de una grande acción, ni que lejos pueda ir tu luz, de la vida a los pequeños actos da atención, brilla en el sitio donde estés" ¿Qué servicio tienes que dar hoy? Servir una comida, hacer una llamada, entregar una revista, visitar un enfermo, dictar un seminario o simplemente dar una sonrisa, no lo sé. No importan las circunstancias, no dejes de hacerlo porque hoy puedes "Bendecir a uno".